Ese día Poltava rebosaba un color de primavera, la humedad del río llegaba a las fosas nasales de Skif trayendo los aromas a hierbas y flores que bailaban al ritmo de la cálida brisa.
A Skif le gustaba llenar sus pulmones y exhalar con brusquedad, de esa manera cambiaba el aire y se sentía renovado. Tenía una asombrosa capacidad de aprender y, tanto era así, que entre todos los gatos era el único capaz de jugar a las escondidas con los niños del pueblo e incluso siendo en varias ocasiones el ganador.
Skif estaba contento ya que la noche anterior había logrado cazar un conejo, lo que le significaba tener abundante comida para todo el día. Como tantas otra veces, una vez que ya había comido, se sentía con ganas de jugar y gastar sus energías, pero ninguno de los gatos del lugar era capaz de divertirse junto a él, ni él junto a ellos.
Se fue al bosque de los alrededores, donde solía encontrar extraños animales a los que perseguía durante horas, logrando así descargar todas sus energías y ansias de diversión. Así fue como un día llegó, persiguiendo el oxidado estruendo que tantas veces lo despertaba de sus siestas, hasta esas infinitas extensiones de acero por donde pasaban solitarios y veloces animales de acero.
El tren resultaba ser para él la mejor de sus compañías. Se recostaba en las hierbas, al sol de la tarde, a dormitar hasta que un lejano sonido hacía girar sus rosadas orejas; él tenía calculado que desde que escuchaba el sonido hasta que aparecía tenía tiempo de estirar todos sus músculos, su espalda, de corretear a algún pájaro e insecto, mordisquear algunas hojas, y recién ahí ponerse alerta.
Esa tarde era calma y propicia para disfrutar y percibir todo lo que sucedía a su alrededor. En los árboles comenzaba a escucharse el huir de los pájaros, Skif centró toda la atención de la que fue capaz en un lejano punto de la distancia. Su respiración regular iba aumentando muy lentamente de velocidad.
Esa tarde se sintió especialmente excitado, correr no le era suficiente, quería más, pero ¿qué? Él ya lo sabía.
Comenzó a ver el polvo e inmediatamente se paró en sus cuatro patas, inmóvil, cortando por un segundo su respiración. Se agachó y se agazapó entre los arbustos del lugar. Sus orejas se fueron hacia atrás, casi hasta el punto de parecer formar parte de la propia cabeza. En otras ocasiones había podido ver que, a la altura en la que se encontraba, el tren aminoraba la velocidad, quizás por las abundantes y fuertes raíces de los árboles, para luego retomarla unos metros más adelante. También había visto que cada tanto el gigante tenía espacios con hierros y cadenas, y la velocidad era tal que podía distinguir un escalón que era prácticamente de su tamaño. Siempre se preguntó que pasaría si saltaba ¿con qué se encontraría? ¿Tendría que pelear? Día tras día esta cuestión rondaba por su cabeza, pero nunca llegaba el momento para poder hacerlo.
CONTINUARÁ...