7 feb 2012

El tren y el gato Skif (segunda parte)


Esa tarde Skif se sentía especialmente valiente y ansioso de nuevas emociones.
Ahora ya distinguía perfectamente la luz brillante del reflejo del sol en la trompa del gigante de acero, hasta le resultaba molesto al mirarlo fijamente.
Se acercaba el momento.
Skif movió sus patas delanteras y luego las traseras, como reafirmando su posición. Su respiración, si bien veloz, era imperceptible. Sabía que a la altura del segundo grupo de árboles comenzaba a bajar la velocidad, tenía tiempo suficiente para acomodarse y para intentarlo dos veces, pero no más.
Tragó ásperamente su saliva.
Llegó el tren a los árboles, Skif tensó sus músculos, vio el primer espacio, no le dio tiempo, y con el segundo se preparó, tenía que hacerlo, era sólo ése momento. De pronto apareció el tercer espacio y sus patas se estiraron velozmente para trepar al escalón pero una ráfaga de ardiente calor le obligó a cerrar los ojos, impidiéndole ver lo que sucedía. Sus pies chocaron contra el infernal acero, expulsándolo a mucha velocidad, directo a la arboleda, golpeando su lomo sobre la húmeda tierra. Se paró automáticamente y no dejó de correr hasta sentirse a salvo de aquel espantoso suceso y de sus propios temores.
No comprendía ese calor intenso, jamás había luchado contra nada que se defendiera con ese fuego, era imposible de vencer. Así se quedó bajo el árbol durante horas, hasta que el sueño entró en su cuerpo a través de un profundo suspiro.

Al día siguiente Skif se sentía más fuerte, a pesar de que esta vez no había cazado nada y en su estómago lo único que quedaba eran algunas tiernas hojas verdes.
Estaba en el mismo lugar, esperando la ocasión, y pensando en la mejor manera de lograrlo, pero nada de lo que se le ocurría tendría efecto sobre el abrasante calor.
A pesar de ello, iba a intentarlo.
Cuando escuchó el lejano sonido, ya estaba preparado, esta vez no ocupó tiempo en corretear pájaros ni en estirar sus músculos, estaba absolutamente concentrado, tenía que encontrar la manera de alcanzar esa bestia imparable, y ver ¡¡¡Ver!!! Qué había más allá.
Cuando lo vio aparecer en el horizonte echó sus orejas hacia atrás, reacomodó sus patas, y se agachó casi hasta el ras de la tierra.
Se dio cuenta que esta vez no le molestaba tanto mirarlo de frente, el brillo parecía estar más atenuado. No había tanto sol, una fina sábana de nubes se encargaba de llevar una brisa fresca a todas partes.
Escuchó el metálico bramido, la distancia se acortaba a la vez que su respiración aumentaba, parecía estar aferrándose a la tierra con sus finas uñas, siempre a punto de salir corriendo.
El tren llegó a los primeros árboles, esta vez Skif levantó la cabeza y se dio cuenta que esto le ayudaba a tener una mejor idea de la dimensión de aquella bestia. Pasó el primer espacio, el segundo, acomodó sus patas traseras levantando la cola y dio el salto más enérgico que jamás hubiera imaginado, se sorprendió en el aire con los ojos muy abiertos ¡¡No sentía el fuego!! Logró alcanzar el escalón con sus patas delanteras, quedando colgado de ellas, pero firmemente agarrado. Ayudándose con las patas traseras, logró subir todo su cuerpo ¡¡¡Lo había logrado!! Y no sólo eso, sino que había asustado a la gran bestia de tal manera que no le había prestado siquiera batalla alguna.
Skif se dio cuenta que debido a la excitación no había mirado a su alrededor entonces observó que las vigas de hierro eran dos, paralelas, unidas al cuerpo de la bestia por unos eslabones grandes y oxidados. Por encima de su cabeza y por detrás, vio una pequeña puerta a medio abrir y, sin mostrarse demasiado, observó lo que había adentro.