La satisfacción fue máxima cuando se encontró con una pila enorme de
paquetes y valijas, por todos lados, parecía no quedar hueco vacío, pero ahí no
se veía ningún ser humano. Empujó la pequeña puerta y entró.
El calor había aumentado un poco, encontró una sombra al pié de una
hilera vertical de valijas, y se recostó a descansar y a lamerse el cuerpo todo
cubierto de polvo y óxido.
No se dio cuenta cuando fue el momento en que se quedó dormido, pero se
despertó con el dolor de su estómago vacío. La situación era complicada, por lo
que llegaba a ver a través de la pequeña puerta, la velocidad era altísima, y
no encontraba forma de cazar algún pájaro o roedor en esas condiciones. Empezó
a dar vueltas, mirando para todos lados, esperando encontrar algún ratón o
insecto carnoso escondido en algún lugar, pero la búsqueda se iba tornando cada
vez más desesperante, a la vez que sus dolores iban agotando las pocas energías
que le quedaban.
En ese momento se le ocurrió que podría revisar tantas valijas y cajas
que se encontraban ahí, y sin dudarlo arremetió contra la primer hilera. Había
una caja, cuyo tamaño era aproximadamente el doble que el de él mismo, con sus
patas delanteras pudo hacer un pequeño hueco, y vio una cantidad de paquetes y cajas
que podía reconocer, gracias a los niños del pueblo que en varias ocasiones les
acercaban a todos los gatos comida guardada en esos recipientes, y si bien no
era como comer un pájaro o un pollo o un conejo, era alimento que satisfacía
sus necesidades. Fue trepando por la caja, hasta introducir todo su cuerpo por
el pequeño agujero, y una vez dentro comenzó su festín particular.
Durante horas lo único que hacía era comer, salir de la caja, corretear
por donde podía, mirar para afuera dejando que el aire despeine sus larguísimas
cejas, y volver a dormir a su refugio lleno de alimentos.
En un momento el susto lo despertó de un golpe, sentía que todo a su
alrededor se movía, sacudones y golpes venían de todos lados, hasta que en un
momento su propia caja empezó a moverse de un lado para otro, sintiendo un
vértigo desolador, sin entender que sucedía.
Durante horas sintió ese traqueteo de una forma incesante, hasta que de
pronto todo se calmó, escuchó un estruendo y luego la nada. Esperó durante
horas, la paciencia era una de sus máximas virtudes (y su gran secreto para
ganar a las escondidas) pero a medida que el tiempo pasaba el calor iba en
aumento sumiéndolo en aletargados sueños de verdes y nutridos valles rodeados
de agua. Pensó en ese momento en el río de Poltava, ya era hora de volver, la
aventura estaba llegando a su fin.
Cuando intentó salir de la caja se encontró con que el agujero daba a
otra caja, que resultaba imposible de mover, y con las pocas fuerzas que le
quedaban apenas podía rasgar un poco el grueso cartón. Justo cuando estaba a
punto de desistir, volvió a escuchar un estruendo y una luz cegadora apareció
por entre medio de varias cajas hasta llegar a dónde él estaba. Sentía
movimientos y voces de personas, ir y venir, mientras la gran bestia estaba
quieta. “Este es el momento” pensó, mientras volvía a intentar mover la caja
que tapaba su salida, utilizando la poca fuerza que le quedaba y tratando de no
desesperarse, logró por fin moverla.
En ese momento se dio cuenta que esta bestia era distinta, que los
colores y las texturas eran otras, que no había ninguna puerta pequeña sino una
gigante y absolutamente cerrada.
Comenzó a dar vueltas de un lado para otro, no entendía, no podía ser
¿habrían sido aquellas sacudidas lo que provocaron que él ahora esté en otro
lugar? ¡Qué haría! Solo pensaba en su río, en sus árboles, quería volver
desesperadamente.
Esa mañana Sofía estaba feliz, se había levantado a las ocho para
bañarse, se peinó, se vistió y preparó el desayuno para ella y para su madre.
Se sentía especial, como cada vez que su padre le hacía un envío.
No eran solo cajas con cartas y regalos, era pensar que cada una de esas
cosas habían sido tocadas por aquellas manos de hombre fuerte que podía
recordar a la perfección a pesar de todo el tiempo que llevaba sin verlo.
Sofía tenía unos enormes ojos azules y su fina piel blanca delataban su
nacionalidad extranjera, lo que no significaba para ella ningún problema ya que
nunca había dejado de sentirse orgullosa de su origen y feliz con su nueva vida
en España, rodeada de nuevos e increíbles amigos con quienes compartía miles de
intereses y disfrutaba mucho del sol y la playa.
Mientras su madre descansaba en una pequeña y fresca sombra de la
estación, Sofía permanecía de pié al borde del andén, esperando ver asomarse al
tren que traía un pedacito de su padre.
Gracias a la buena voluntad de un amigo comerciante, su padre podía
enviarles todos los meses diferentes paquetes, que recorrían miles de
kilómetros pero que siempre llegaban a destino.
De pronto el aire comenzó a despeinar sus rizos, sus ojos se abrieron más
y lo vio asomarse en el horizonte.
-¡Ahí viene mamá! ¡Ya llega, ya llega!- Gritaba mientras agitaba los
brazos haciendo señas al tren como si fuese posible que éste siguiera de largo.
-Sofía pareciera
que es la primera vez que ves un tren ¡Todos los meses lo mismo!- le decía su
madre, pero su pequeño reproche estaba cargado de amor maternal, sabía que era
el momento en que ella sentía con todo su cuerpito la presencia de su añorado
padre, esto la conmovía hasta lo más profundo de su ser, donde también ella
disfrutaba de ese pequeño contacto con su amado esposo.
Cuando el tren paró se bajó el alto y robusto comerciante que todos los
meses demostraba ser una gran persona, desviándose unos cuantos kilómetros sólo
para llevar en mano el paquete que le enviaba su padre, siempre con traje e
impecablemente peinado. Sofía corrió a abrazarlo con los brazos bien abiertos,
él también había estado en contacto con su padre, lo que era más que suficiente
para que ella quiera estrujarlo con todas sus fuerzas.
Fueron juntos a la bodega donde se guardaban las encomiendas, vino un
empleado del ferrocarril ya sonriendo al reconocer a ese pequeño rayito de sol
cargado de frescura que era Sofía. Al abrir la puerta la sorpresa que se vio
reflejada en la cara de los hombres era absoluta felicidad en la de Sofía. No
dudó ni un instante que ese pequeño ser era para ella. Lo cogió con sus suaves
manitos y sintió esa suavidad única que le otorgaba ese pelaje blanco y negro.
El gato parecía débil y estaba totalmente entregado a la niña.
-¡Mira mamá,
mira! Gritaba eufórica mientras miraba para todos lados.
La madre se
quedó sorprendida, no había estado avisada de todo esto y al mirar al
comerciante se sorprendió aún más por la expresión desconcertada que delataba
que él también se estaba enterando de lo sucedido en ese preciso momento.
Sofía con su botella de agua le hecho un poquito en la boca lo que hizo
que Skif moviera la lengua en busca de más pero sin fuerza apenas para hacerlo.
Le fue dando de a poco toda el agua, y poco a poco el gato parecía ir
reviviendo.
Cuando Sofia lo
reconoció exclamó felíz a su madre:
- ¡Mira mamá! ¡Papá
me ha enviado a Skif!.