5 mar 2012

El tren y el gato Skif (última parte)


La satisfacción fue máxima cuando se encontró con una pila enorme de paquetes y valijas, por todos lados, parecía no quedar hueco vacío, pero ahí no se veía ningún ser humano. Empujó la pequeña puerta y entró.
El calor había aumentado un poco, encontró una sombra al pié de una hilera vertical de valijas, y se recostó a descansar y a lamerse el cuerpo todo cubierto de polvo y óxido.
No se dio cuenta cuando fue el momento en que se quedó dormido, pero se despertó con el dolor de su estómago vacío. La situación era complicada, por lo que llegaba a ver a través de la pequeña puerta, la velocidad era altísima, y no encontraba forma de cazar algún pájaro o roedor en esas condiciones. Empezó a dar vueltas, mirando para todos lados, esperando encontrar algún ratón o insecto carnoso escondido en algún lugar, pero la búsqueda se iba tornando cada vez más desesperante, a la vez que sus dolores iban agotando las pocas energías que le quedaban.
En ese momento se le ocurrió que podría revisar tantas valijas y cajas que se encontraban ahí, y sin dudarlo arremetió contra la primer hilera. Había una caja, cuyo tamaño era aproximadamente el doble que el de él mismo, con sus patas delanteras pudo hacer un pequeño hueco, y vio una cantidad de paquetes y cajas que podía reconocer, gracias a los niños del pueblo que en varias ocasiones les acercaban a todos los gatos comida guardada en esos recipientes, y si bien no era como comer un pájaro o un pollo o un conejo, era alimento que satisfacía sus necesidades. Fue trepando por la caja, hasta introducir todo su cuerpo por el pequeño agujero, y una vez dentro comenzó su festín particular.
Durante horas lo único que hacía era comer, salir de la caja, corretear por donde podía, mirar para afuera dejando que el aire despeine sus larguísimas cejas, y volver a dormir a su refugio lleno de alimentos.
En un momento el susto lo despertó de un golpe, sentía que todo a su alrededor se movía, sacudones y golpes venían de todos lados, hasta que en un momento su propia caja empezó a moverse de un lado para otro, sintiendo un vértigo desolador, sin entender que sucedía.
Durante horas sintió ese traqueteo de una forma incesante, hasta que de pronto todo se calmó, escuchó un estruendo y luego la nada. Esperó durante horas, la paciencia era una de sus máximas virtudes (y su gran secreto para ganar a las escondidas) pero a medida que el tiempo pasaba el calor iba en aumento sumiéndolo en aletargados sueños de verdes y nutridos valles rodeados de agua. Pensó en ese momento en el río de Poltava, ya era hora de volver, la aventura estaba llegando a su fin.
Cuando intentó salir de la caja se encontró con que el agujero daba a otra caja, que resultaba imposible de mover, y con las pocas fuerzas que le quedaban apenas podía rasgar un poco el grueso cartón. Justo cuando estaba a punto de desistir, volvió a escuchar un estruendo y una luz cegadora apareció por entre medio de varias cajas hasta llegar a dónde él estaba. Sentía movimientos y voces de personas, ir y venir, mientras la gran bestia estaba quieta. “Este es el momento” pensó, mientras volvía a intentar mover la caja que tapaba su salida, utilizando la poca fuerza que le quedaba y tratando de no desesperarse, logró por fin moverla.
En ese momento se dio cuenta que esta bestia era distinta, que los colores y las texturas eran otras, que no había ninguna puerta pequeña sino una gigante y absolutamente cerrada.
Comenzó a dar vueltas de un lado para otro, no entendía, no podía ser ¿habrían sido aquellas sacudidas lo que provocaron que él ahora esté en otro lugar? ¡Qué haría! Solo pensaba en su río, en sus árboles, quería volver desesperadamente.


Esa mañana Sofía estaba feliz, se había levantado a las ocho para bañarse, se peinó, se vistió y preparó el desayuno para ella y para su madre. Se sentía especial, como cada vez que su padre le hacía un envío.
No eran solo cajas con cartas y regalos, era pensar que cada una de esas cosas habían sido tocadas por aquellas manos de hombre fuerte que podía recordar a la perfección a pesar de todo el tiempo que llevaba sin verlo.
Sofía tenía unos enormes ojos azules y su fina piel blanca delataban su nacionalidad extranjera, lo que no significaba para ella ningún problema ya que nunca había dejado de sentirse orgullosa de su origen y feliz con su nueva vida en España, rodeada de nuevos e increíbles amigos con quienes compartía miles de intereses y disfrutaba mucho del sol y la playa.
Mientras su madre descansaba en una pequeña y fresca sombra de la estación, Sofía permanecía de pié al borde del andén, esperando ver asomarse al tren que traía un pedacito de su padre.
Gracias a la buena voluntad de un amigo comerciante, su padre podía enviarles todos los meses diferentes paquetes, que recorrían miles de kilómetros pero que siempre llegaban a destino.
De pronto el aire comenzó a despeinar sus rizos, sus ojos se abrieron más y lo vio asomarse en el horizonte.
-¡Ahí viene mamá! ¡Ya llega, ya llega!- Gritaba mientras agitaba los brazos haciendo señas al tren como si fuese posible que éste siguiera de largo.
-Sofía pareciera que es la primera vez que ves un tren ¡Todos los meses lo mismo!- le decía su madre, pero su pequeño reproche estaba cargado de amor maternal, sabía que era el momento en que ella sentía con todo su cuerpito la presencia de su añorado padre, esto la conmovía hasta lo más profundo de su ser, donde también ella disfrutaba de ese pequeño contacto con su amado esposo.
Cuando el tren paró se bajó el alto y robusto comerciante que todos los meses demostraba ser una gran persona, desviándose unos cuantos kilómetros sólo para llevar en mano el paquete que le enviaba su padre, siempre con traje e impecablemente peinado. Sofía corrió a abrazarlo con los brazos bien abiertos, él también había estado en contacto con su padre, lo que era más que suficiente para que ella quiera estrujarlo con todas sus fuerzas.
Fueron juntos a la bodega donde se guardaban las encomiendas, vino un empleado del ferrocarril ya sonriendo al reconocer a ese pequeño rayito de sol cargado de frescura que era Sofía. Al abrir la puerta la sorpresa que se vio reflejada en la cara de los hombres era absoluta felicidad en la de Sofía. No dudó ni un instante que ese pequeño ser era para ella. Lo cogió con sus suaves manitos y sintió esa suavidad única que le otorgaba ese pelaje blanco y negro. El gato parecía débil y estaba totalmente entregado a la niña.
-¡Mira mamá, mira! Gritaba eufórica mientras miraba para todos lados.
La madre se quedó sorprendida, no había estado avisada de todo esto y al mirar al comerciante se sorprendió aún más por la expresión desconcertada que delataba que él también se estaba enterando de lo sucedido en ese preciso momento.
Sofía con su botella de agua le hecho un poquito en la boca lo que hizo que Skif moviera la lengua en busca de más pero sin fuerza apenas para hacerlo. Le fue dando de a poco toda el agua, y poco a poco el gato parecía ir reviviendo.
Cuando Sofia lo reconoció exclamó felíz a su madre:
- ¡Mira mamá! ¡Papá me ha enviado a Skif!.